IRMA ROMAGNOLI
"NADA PIDO Y NADA RECHAZO"
La Fundación Irma Romagnoli nace de un gesto de amor.
El amor que Irma Romagnoli sentía por todos los seres indefensos. El amor que la impulsó a dedicarse con pasión al cuidado de quienes le pedían ayuda, gracias al descubrimiento de una energía innata que la convirtió en una pranoterapeuta respetada y recomendada incluso por médicos especialistas.
La Fundación Irma Romagnoli nace de su última voluntad. Irma, que solía decir «nada pido y nada rechazo», dejó todos sus bienes en donación a la Fundación para que siguiera ocupándose en su nombre de los seres indefensos, en particular de los niños necesitados y de sus familias, y apoyando la investigación sobre las medicinas tradicionales.
Irma nació en Medicina, un pequeño pueblo de la llanura emiliana, en octubre de 1910, en una familia humilde. En las frías mañanas de invierno, antes de que saliera para ir a la escuela, su abuela cogía los zapatos de la niña y los mantenía entre sus manos durante un buen rato. Gracias a ese sencillo gesto, sus pequeños pies permanecían calientes todo el día. Irma contemplaba maravillada aquel pequeño milagro, cuyo significado solo comprendería muchos años después.
Unos años más tarde, su padre, que era barbero, decidió emigrar a Rosario, en Argentina, para intentar mejorar la situación económica familiar. Irma creció con su abuela, su madre y una hermana, mientras su padre, como ocurría a menudo en aquellos años, no regresó a Italia.

Irma estudió peluquería y a los 25 años ya regentaba un salón con dos ayudantes en la plaza de su pueblo. Por entonces se casó felizmente con Duilio, el único amor de su vida.
Después llegó la guerra, con las sirenas, las huidas precipitadas a los refugios y el miedo.
A finales de los años cuarenta decidió viajar con su marido a Argentina para buscar a su padre, a quien nunca había olvidado, y afortunadamente lo encontró.
Retomó entonces su actividad como peluquera y abrió un salón propio en Rosario, que pronto se convirtió en el más elegante de la ciudad.
Pero no era un lugar cualquiera: muchas mujeres acudían para que las peinara Irma porque se relajaban o porque les aliviaba el dolor de cabeza. Sin embargo, Irma no daba importancia a aquellas peticiones: se consideraba simplemente una buena peluquera.
Sus amigas empezaron a comprender que tenía algo especial y, en una ocasión, durante una demostración de curanderos en un teatro, la obligaron a subir al escenario.
Los curanderos permanecieron un buen rato detrás de ella e Irma sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Al terminar la demostración, la llevaron aparte y le dijeron: «Señora, usted tiene un poder en sus manos… úselo para hacer el bien». Pero su pragmatismo la llevó a ignorar también aquella señal.
Unos años después, mientras acompañaba a su hermana, que había ido a visitarla, a las cataratas del Iguazú, una mujer indígena se acercó y le dijo lo mismo: «Señora, usted tiene un poder en sus manos…». Sin embargo, Irma seguía sin comprender qué significado podía tener para ella aquella frase.
Pasaron otros años tranquilos. Un día, mientras Irma asistía con su padre a un partido de fútbol, él recibió un fuerte balonazo en la cabeza y murió entre sus brazos. De aquel accidente le quedó el recuerdo de la increíble serenidad de aquella muerte que había acogido estrechando a su padre contra sí.
A mediados de los años sesenta, su marido Duilio enfermó y decidieron regresar juntos a Italia.
Con los ingresos de sus negocios compró dos pisos en San Donato, en Bolonia, y alquiló uno a estudiantes. Duilio murió e Irma se quedó viviendo en su piso con un perrito llamado Dik y muchos canarios. No había tenido hijos y decidió alquilar una habitación de su vivienda a dos estudiantes. Durante años y años, todos los días, pese a las numerosas advertencias de la policía municipal, llevaba comida a las palomas en el prado de abajo. Las palomas la reconocían y la esperaban cada día.
Además de amar a los animales, Irma prestaba mucha atención a los problemas de los niños porque, como solía decir, «ellos no tienen ninguna culpa…».
Un día se encontró con una vieja amiga, Elvira, cuyas manos estaban doloridas, agarrotadas y deformadas por la artrosis.
Irma le contó que en Argentina alguien le había dicho que sus manos tenían un «poder».
Decidieron intentar utilizarlo, sin saber exactamente cómo.
Elvira iba a casa de Irma todos los días; ella colocaba sus manos sobre las de su amiga y charlaban. Día tras día, el dolor fue disminuyendo hasta desaparecer y los dedos recuperaron su función. La noticia corrió y cada vez más personas le pedían que les impusiera las manos.
Al cabo de unos años decidió visitar al profesor Inardi, un pranoterapeuta muy conocido, que le pidió que hiciera la prueba de momificación de un hígado. La prueba salió bien y él le dijo que era una pranoterapeuta con mucha energía. Insatisfecha y aún incrédula, viajó a Milán, a un centro dirigido por un grupo de ingenieros que, tras someterla a varias pruebas, le entregaron un certificado de pranoterapeuta «muy potente».
Empezó a organizarse con una agenda y varios médicos le enviaban pacientes. No pedía nada por sus tratamientos, pero exponía un cartel que decía: «Nada pido y nada rechazo».
Yo era entonces estudiante de medicina y vivía de alquiler con otros estudiantes en su piso de la calle Zacconi. Conocí a Irma el día que le llevé el dinero del alquiler y me impresionaron profundamente su tenacidad, su inteligencia y su humanidad. Me contó que llevaba varios años ejerciendo como pranoterapeuta, pero que seguía sorprendiéndole que la gente acudiera a ella y, sobre todo, que encontrara beneficio.
Era 1974 y desde entonces nos unió un profundo sentimiento de estima, respeto y amistad.
Iba a verla varias veces por semana y me abrumaba con la energía de sus manos y con un torrente de palabras, contándome los momentos más importantes de su vida. Hablaba sin parar: «No consigo estar callada —decía—, no sé dónde poner toda esta energía; me parece que me encuentro mejor si hablo…».
Mientras tanto, mantenía sus manos sobre mi cabeza y yo, nervioso por naturaleza, me relajaba.
De su vida aprendí que hay muchas maneras distintas de ayudar a las personas; aprendí que no solo los medicamentos, sino también la energía puede curar y que ayudar a quien lo necesita es una virtud que hay que cultivar.
Fuimos juntos de vacaciones, de crucero, al cine, a las comidas navideñas en familia y a dar largos paseos hacia la feria de Bolonia. Nos unió un sentimiento profundo que todavía hoy me enternece el corazón cuando lo recuerdo.
Durante todos aquellos años, Irma ayudó con la «fuerza» de sus manos, con sus palabras y con gestos de una sabiduría antigua a hombres, mujeres, niños y, en ocasiones, también a gatos, perros y canarios. Le gustaba la música clásica, leer los libros de Selezione, caminar y hacer donaciones a centros de acogida de animales y a asociaciones que ayudan a niños desfavorecidos. Practicó la pranoterapia hasta los 87 años y, hasta el final, sus manos se ponían rojas y muy calientes después de cada aplicación.
Murió a los 96 años y dejó un testamento ológrafo en el que disponía que una buena parte de sus bienes se destinara a crear una fundación que ayudara a los niños necesitados, a los animales y a la investigación en disciplinas complementarias.
A nosotros nos corresponde continuar la historia.















